A Eleonora y Giulia.
Un autor definió al libro como “teatro portátil”, otro como “vehículo del conocimiento”, otro como “el único lugar tranquilo de la casa”.[1] Todo eso es muy cierto, pero si bien es amistoso, el libro es también un sujeto peligroso. Te sujeta. Cuando nos acostumbra a su encantamiento, ya no podemos vivir sin leer.
El libro no sujeta con una cadena, sino simplemente teniéndonos quietos. Nos aparta de las cosas que nos suceden, para conducirnos a un lugar inesperado. Podemos viajar, sin movernos. ¿Qué parece magia? Claro que sí. Aunque algunos son mejores que otros, y aunque pudiera haber un “mal libro”, siempre proponen algo que también parece cosa de magia: el desafío de apreciarlo. Y el de dejarlo de lado, desde luego, donde prima la olímpica decisión del lector.
Todo libro, aun los escritos en nuestro idioma, tiene sus dificultades para ser comprendido. Por ejemplo, si no sabemos leer. ¿Sabías que en Santiago del Estero hay aproximadamente cincuenta o sesenta mil personas que no han tenido la oportunidad de ir a la escuela, o tuvieron que dejarla porque tenían que trabajar? Si sumamos las personas que se olvidaron de leer, por falta de medios o de estímulos, el número se duplica.
Dado que algunas civilizaciones suponen que los libros contienen la posibilidad de la sabiduría (claro que en su carozo, y no siempre en el primer bocado) mucha gente los ha visto como peligrosos. De modo que a veces los libros han sido escamoteados, incinerados[2], ocultados en cavernas en ambientes secos y salobres[3], o perdidos a propósito ante la amenaza de sus enemigos.
Son muchos los ejemplos del pasado, entre los cuales está el caso de la biblioteca de Alejandría. Y también recientes y cercanos: acabo de ver la lista de los libros que dispuso destruir la dictadura militar en 1977 en la Universidad Nacional de Río Cuarto.
Nos han dicho que no muerde, pero no es tan cierto. Sólo el que ha sido “mordido” por los libros sabe de esa dentadura que deja huellas para siempre. Es trajinada la imagen que asocia al libro con el pájaro, porque vuelan, y están hechos sólo de alas, que por cierto parecen hojas. Cada uno tiene un contenido, y a menudo mensajes. Un libro es botella al mar, yuto[4] que va en la punta del viento, secreta apuesta pronunciada en una jabonería e impresa clandestinamente, y hasta un modo de defender, atacar o conquistar algo o alguien. Es cierto que a veces no podemos comprarlo. Pero peor es el tiempo que pasamos sin darnos cuenta que está ahí, al alcance de la mano, en la biblioteca.
Día el Bibliotecario. 2007.
Libros, manos y miedo (…) En el 74 compramos el lote en Los Fresnos, en el 75 se alzaron las paredes, y en 76 la casa estaba techada. Justo ahí fue el golpe. Aunque sin agua ni electricidad, se convirtió en un refugio para mis libros. Donde alquilábamos entonces (Moreno 197 Norte) siempre estaba latiendo la amenaza del allanamiento. Mi biblioteca cabía en ocho cajones de manzana. En ese momento todo era peligroso, hasta la poesía. Neruda había escrito Incitación al nixonicidio. Benedetti en el index de Uruguay. Se acabó la revista Crisis. Empezaron a caer los compañeros de la universidad: Oscar, el Francés, Wilkinson. Cada libro que hablaba de socialismo o reforma agraria te ponía en riesgo, por lo menos ante la obsesiva mirada persecutoria que el sistema desarrolló en nosotros mismos. Así, fuimos censores de nuestros propios libros, los que imaginamos reprobables ante la supuesta mirada del policía real, que no se fijaría en el Fanon de Les damnés de la terre, pero sí sospecharía de Charles de Foucol, que tituló su enseñanza espiritual de encarnación con el revulsivo título En el corazón de las masas. Es que las masas eran sospechosas. Además había otros libros que hablaban de clases, revolución, conflicto, psicoanálisis y sexo. Ni hablar de Marx y todo lo que sonase a rojo, hasta el Colorado Ramos. Entonces trasladé los cajones en viajes sucesivos y mis libros se encontraron seguros, refugiados en una casa de las afueras. Pero esa tranquilidad duró poco. Maníaco obsesivo como soy comencé a pensar: ¿y si allanan mi refugio? Debía desprenderme de algunos libros, era una cuestión de vida o muerte. Salí a caminar por el monte, con un bolso. No eran más de diez. Olvidé los títulos, ya que no pude olvidar el pecado. La necesidad tiene cara de hereje, decía mamá. Quedaron bajo un algarrobo. Nunca se lo conté a nadie. En 1985 leí, creo que en Clarín, un artículo de Santiago Kovadloff llamado “Las manos del miedo”. Hablaba de esto, de lo que hicieron nuestras manos (las mías también) cuando tuvimos miedo. Y mis manos hicieron algo más: había algunos libros peligrosos por su título o su autor que no deseaba dejar bajo un árbol por la sencilla razón de que aún no los había leído. Entonces, con cierto gesto fauve, les arranqué las tapas. De ese modo logré conservar hasta hoy El 18 brumario de Luis Bonaparte. Valga mi cobarde estrategia de desprendimiento como un ejemplo de inútil prudencia. Nunca me allanaron. Quedé solo, con mis manos y mi miedo. Kovadloff me ayudó a entenderlo, y antes que Steve Jobs lo dijera logré unir los puntos. En la casa donde mis libros y mi miedo estuvieron refugiados, hoy funciona una biblioteca. |


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