memoria de editor

En enero 2007 comencé a reunir estos papeles, con la ayuda de mi amigo Alejo González Prandi, que me inició en el mester de bloguería. Han pasado unos 40 meses, y es un buen momento para reorganizar el espacio, y hasta definirlo: dossier de antojos, investigaciones inconclusas, comienzos de novela y poemas casi terminados. Se trata del diario de un viajero detenido en los márgenes del moviente río Dulce, Santiago del Estero, Argentina. Quiero agradecer a muchos lectores/lectoras que se detienen en esta página desde un cyber o su casa en algún lugar de América. Y más allá, España, y Rusia tras la estepa. Te envío mi saludo afectuoso, a vos que me lees, por el solo gusto de la diferencia. Alberto Tasso.

23 noviembre, 2011

El bolsillo del varón


Todo lo que hay en él es personal e íntimo, aunque no necesariamente propio. El bolsillo es un órgano interno no obstante abierto en un tajo vertical o inclinado en el pantalón, a la altura de la mano, en impúdica exposición vaginal. La mano es la única que conoce ese recinto oscuro, poblado de pelusa, tabaco, arena y hojas de hierba de la última vez que fuimos al río. La mano colocó uno a uno los caracoles y piedritas blancas en bolsillo, y luego hojas de jarilla, que baja la fiebre. La mano sucia o limpia entra al bolsillo a cada minuto para introducir o retirar. ¿Qué se introduce? ¿Qué condiciones de aceptabilidad debe reunir un bien para entrar al bolsillo? ¿Y cuáles para salir, más allá del uso ritual del pañuelo al momento del estornudo?

Para comprender el sentido y funcionamiento de un bolsillo es mejor saber algo de historia, antropología, sociología, economía y sastrería. El elemental registro de caja que un individuo hace de su propio bolsillo varía según edad, ocupación y tiempo. A las bolitas suceden pocotos [1] y piedras para la honda, tapitas de cerveza destinadas a un experimento, y monedas hechas quedar de un vuelto. Sin contar el coleóptero vivo que tanto asustó a mamá esa vez.

Con las llaves (una al menos) y la billetera, comienza la vida adulta. La propiedad privada ocupa el lugar de los caracoles, y el sueldo adquiere una densidad específica que se expresa en dígitos y billetes de banco que abultan el bolsillo y proveen de cierta conmovedora y efímera sensación de poder. En el bolsillo está el banco, y su caja de seguridad es la billetera.

Pasajeros como el follaje del bosque, los billetes vuelan y se convierten en pago de servicios básicos: aire, agua, alquileres, heladeras, ladrillos, pasajes en colectivo, o pantalones (con bolsillos). Pero además de “efectividades conducentes” [2] como dinero en efectivo y tarjetas de crédito, la billetera contiene el documento con nuestra fotografía, acaso las de nuestros hijos, y una carta de amor, junto a la boleta impaga del teléfono, y un ticket que dice “Whisky Blenders, 750 c/c, $ 42”. Allí también está nuestra identidad, las referencias de nuestro mundo.

Además de las manos del dueño del pantalón, a los bolsillos pueden acceder manos de otros individuos de la misma especie. La literatura identifica a los punguistas como los pioneros en la intervención digital en bolsillos ajenos, luego ampliamente practicada en la era informática.

Los bolsillos tienen larga historia. Robin Wood acusó al Rey de meter las manos en los escuálidos bolsillos de los pobres, y promovió la restitución directa: la bolsa o la vida. Los señores rurales le dijeron al Rey que, dado que eran pares, debían compartir la caja. Algo parecido le dijeron las provincias a Buenos Aires en 1862. En su momento, la Burguesía le dijo a la Nobleza: “Tu tienes las leyes y el poder, pero los bolsillos vacíos, y no nos reconoces a nosotros, que tenemos los medios de producción y los bolsillos llenos. Ahora vamos a cambiar los lugares”. Fue la Revolución Francesa.

Desde que cada peso ($) representa trabajo, tiempo y valor social, un sistema de distribución injusto lastima duramente la víscera que llamamos bolsillo, donde esconde las manos vacías el desocupado y el marginal: lo refleja De la Cárcova en su óleo “Sin pan y sin trabajo”, y Carpani en sus tintas. El poeta también busca palabras que no encuentra “en el fondo neutral de su bolsillo”.[3]

Las revoluciones obreras y campesinas provienen de los bolsillos descontentos por carecer de los medios para “ser” socialmente. El dinero y el amor no están lejanos:  “Duele mucho el corazón del que tiene que pedir” [4], y las manos tendidas y los bolsillos vacíos reflejan el drama previo a la revuelta o al éxodo.

Sin dinero, sin palabra y sin identidad, el bolsillo vacío es un riesgo social. Comprenderlo y describirlo desafía al cronista de cada tiempo. La prensa de los últimos meses muestra como un hecho político a los indignados en las capitales de occidente, pero reduce a sórdida noticia policial el asesinato de Cristian Ferreira hace una semana, un poblador rural de Santiago del Estero que defendía el monte de los usurpadores de tierras. Al quitarle el bosque –decía Canal Feijóo- al santiagueño le han quitado su paisaje. El bosque arrasado de hoy llena los nuevos bolsillos y vacía los viejos.

La política, en última instancia, se propone lograr equidad en el contenido de los bolsillos de los ciudadanos, evitando que la gula de uno provoque el hambre de otros. La economía consiste en enseñar a trabajar para poner lo justo en el bolsillo (descontada la plusvalía a través de la proveeduría). Y la cultura consiste en saber controlar la entrada y la salida de lo que hay en el bolsillo. He ahí nuestro albedrío, y también la base del contrato social, pues tras el bolsillo están la ley y la moral. Sastres, y pantaloneras no ignoran este detalle, y la industria produce hace siglos pantalones con bolsillos. La saben Harrods, Gath y Chávez, Casa Braudo, y González, donde compré el último traje en 1968.

Un pantalón normal contiene, en el formato habitual, dos bolsillos laterales y dos posteriores. Antes había un pequeño bolsillo delantero, para colocar el reloj. En el lenguaje popular, estar “con las manos en los bolsillos” es indicador de superioridad o vagancia. La experiencia recomienda no ser ostentoso ni excesivamente prevenido, pues ambas actitudes llaman la atención de los ansiosos del bolsillo ajeno.

En forma personal, recomiendo el justo medio. Ni el bolsillo con cocodrilos ni el despilfarro. Sé generoso muchacho, recomendaría el viejo Aristóteles. Y si te asaltan hay siempre dos posibilidades: si fue en el mercado, concurre a la dirección de protección al consumidor; si es en la calle, prefiere salvar tu vida antes que tu billetera. Oh, Señor, que grandes son tus tesoros, y qué pasajeros. El Cantar de los Cantares lo afirma, lo sostiene Omar Kayam, y el Buda recomienda el desapego de las cosas del mundo.

El Novísimo Diccionario Etno-Folk del Noroeste Argentino [5] consigna que el bolsillo del varón puede ser utilizado para menesteres mágicos. Es conocido el riesgo de mencionar en una reunión nombres o apellidos que pueden provocar mala suerte (atey, en griego; en el lenguaje popular argentino, yeta). Cuando tal cosa sucede, la mano izquierda de cada individuo masculino debe introducirse con aire casual en el bolsillo de ese lado, hasta tocar cierta parte de su organismo. Este exorcismo es considerado efectivo en una variedad de círculos provincianos.

Se comprenderá ya que el bolsillo es el centro de un círculo muy amplio que comprende a Dios y el César. Hay que pagar impuestos y el diezmo. Hay que ganar para sostener la familia, que es la vida. Hay que distribuir para sostener la comunidad, que también es la vida. Y si tienes la suerte de que haya mucho en tu bolsillo, reserva el 20 % para imprevistos. Puedes donarlo al círculo de salud, educación, culto o bien público que te guste. Otra opción: tanto Alí Babá como Robin Wood pueden pasar a retirarlo de tu propia casa: solo te pedirán una pequeña comisión por gastos de transporte. 


[1] Semillas del paraíso.
[2] Se atribuye la expresión a Hipólito Yrigoyen.
[3] “El café del poeta”, Secreto Sol, 1989.
[4] Yupanqui, Atahualpa: Coplas del payador perseguido.
[5] Barco Edita, 2013.