Esto sucedió el 11 de septiembre, justo el día del Maestro, que se conmemora en toda América por la fecha de la muerte de Sarmiento, en 1888. Ya de noche, alguien golpeó las manos. Era F., que vive a media cuadra. La conocí de chica y ahora tiene 30, y un oficio que aprende cada vez que comienza una sesión, o sea un encuentro de personas que van a pintar.
Me mostró los trabajos de chicos/as de 4 a 8 años que fueron a su último taller, durante las vacaciones de invierno. Una niña inventó el puntillismo que mi generación conoció en las reproducciones de Seurat, un niño la magia selvática y florida que va de Gauguin a … Russo y Villavicencio. Un tercero los rostros ovales de las máscaras africanas que inspiraron a Picasso.
En estas témperas en cartulina de 30x40 sentí el aula-taller, la enseñanza de la pintura estimulando el conocimiento de los medios, sea el papel, el cartón o la tela como base. Luego el color, el pincel, y la decisión apriorística de la mancha, el trazo, la figura.
F. es maestra por impulso propio, a lo Sarmiento. Me habla de una disciplina que tiene que ver con la expresión de uno mismo, que junto a la sensibilidad y el oficio fundamentan la expresión artística. Trabaja en instituciones de los márgenes, donde la diferencia se manifiesta en el asilo o la internación.
En pocos años, su aprendizaje empírico la conducirá, presumo, a la enseñanza de una actividad que permite un grado más de libertad en el acto de vivir. La pintura es un arte, un oficio, un modo de vida, y también una tabla de salvación. Pero no hay suficientes maestros de pintura. Hay que formarlos, entonces, y sobre todo en su condición de acompañantes del sencillo pero magnífico acto de pintar.
Aunque privilegiada con un aura especial, la pintura es una entre las muchas y sucesivas artes. El trazo de un niño/a en un cuaderno puede conducir a cuadros de una exposición (Moussorsky), al Louvre, y al grafitti de cuarto de baño. También al comic, el retrato, el collage, la fotografía y el cine. La vida (en lo que a esta disciplina se refiere) comienza con un lápiz, un pincel, o un tarro de pintura en aerosol.
Bienvenido tu trabajo, le dije a F. Gracias por sostener el pincel, como un acto de vida sana en cualquier momento y condiciones en que nos toque vivir. Pinceles y colores en la cárcel, el hospital, la escuela, el frente de nuestra casa y el mural del pueblo: “Lo entrecruzan los vivas, los abajo, los muera, pero en verdad amamos la paz y los jardines” (Armando Tejada Gómez, Antología de Juan, 1968).
(Luego de una muestra)


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