Pasaron las semanas y no alcancé a saber qué podía escribir. Me tentaron el guión y la novela. Doce o catorce páginas quedan del mes pasado. Las guardé para otro momento, y no alcancé a sacar de ellas una idea oportuna que sirviera para decir aquí estoy, existo, entre la sonambulez y la inminencia. La feria del libro había terminado y hacía falta pensar en otra cosa.
Un sábado por la mañana fui al centro, siguiendo la recomendación de Néstor Ledesma: “Hay que mantenerse vigente”, dice con la seguridad del que practica cada día la puesta en acto de Uno Mismo. Sí, fui al centro, donde se combinan la mercantil sonoridad del mercado y la dulce gracia de la amistad.
Entré por la Peyegrini (sic) al Mercado Armonía. Entremedio los pollos eviscerados entreví cebollas de verdeo y quesos con ají. Entretenido estaba como un estudiante que hace su primer entrenamiento.
Después de observar las reglas de trato entre marchantes y tomar precisa cuenta de la mercadería exhibida llegué a varias conclusiones sobre verduras y carnes, costumbres alimenticias y cadena biótica.
Comencé a preguntar dónde se producía cada bien. Deduje que en la región 1 el cultivo z ocupaba las tierras antes dedicadas a los cultivos a, b, c, y d. En consecuencia, nuestra comida dependía en creciente medida de la importación de productos hortícolas provenientes de otras regiones.
Conciente de haber llegado a una zona riesgosa de mi interpretación, decidí cambiar de tema y simplemente sentir. El aroma de especias venía de lo alto. Subí por la escalera mecánica. Me ofrecieron azafrán criollo, orégano, mostaza y ají del monte. Y plantas de clavel, y entrañas de cabrito.
Compré de todo un poco, y en mi cesta vi rojear la cresta de un gallo y la sangre del cordero y el tomate, junto al morado repollo con que acebollo y emperejilo mis ensaladas. (Una receta clásica: sete generoso con el aceite, prudente con el aceto balsámico, amarrete con la sal, y loco al revolver).
Pletórico de veteranas vendedoras y jóvenes de ojo melodioso y rápida mano, hilvané mis recuerdos y busqué en las cercanías un lugar apropiado para sentarme a escribir y acaso beber algo, costumbres que me hacen feliz en la vida cotidiana.
Antes que yo supiera como, se hicieron presentes a los costados de mi cuaderno primero una milanesa de bagre, y pocos minutos después, tres amigos de los que hablé en otro escrito: aman la poesía y con su lente miran todo, hasta la comida y el amor.
Así fue que los seis –contando también al Toro y al Bagre- entramos en amable diálogo, poblado de frases, sorbos y bocados. En ese momento coincidimos en la necesidad de recordar y relatar. Mis amigos dijeron:
-Quisiera leer la “Oda a la Cebolla ”, de Neruda.
-Yo el “Canto Popular de las Comidas”, de Tejada Gómez.
-Y yo a Enrique Esteban Agüero: “La mazamorra, digo, es el pan de los pobres…”
Ante la gravedad erudita de las citas de mis amigos, los demás nos dedicamos a callar unos minutos. La primera palabra que se escuchó provino del Toro.
-No está de más que hable de mí, aunque no tengo literatura que me avale. Sé que sustento a muchos poetas de los suburbios, pero ninguno se ha animado todavía con el soneto que me corresponde.
-Es cierto, le hemos dejado el tema del vino a los salteños- coincidió uno de los poetas.
-Nada es eso, ya no elaboramos los ricos vinos que se hacían antaño en Zanjón y Manogasta- recordó otro.
-De Baco y otros dioses griegos recibimos este don, la uva como tal, fruto jugoso esférico, morado o verde según la especie, organizado en racimos, que viene de la vid, originaria del África y ambientada en el Mediterráneo – informó el tercero.
-Es cierto –dijo el Toro desde el fondo de un vaso-. Pero admitirán que la implicación gramatical de mi nombre me conduce a otra especie, según Saussure y Bajtin. En el fonema está el problema.
-De carne somos. El problema es nuestra naturaleza mortal, sujeta a una probable redención – dijo el filósofo.
-El problema es la cuota Hilton y lo que queda para el consumo interno – sumó el economista.
-El problema es nuestra cultura de ganados y mieses (cito a Lugones) del cual provino cierta oligarquía que, mal o bien, fue llamada vacuna –reflexionó el sociólogo.
-Con permiso vua dentrar, aunque no me han preguntao, porque en mi pago un pescao no es de naides y es de todos, yo vua cantar a mi modo, dijpué que me han devorau.
Las octavillas del Bagre resonaron agradablemente en nuestros oídos, por sus reminiscencias camperas hernando-yupanquianas.
-Soy el primer desaparecido de la mesa –sostuvo con rasposa voz de ventrílocuo- así como la víctima de la contaminación de las aguas del río Dulce. Hace mil años que alimento los estómagos de esta población, y ni siquiera he merecido una tesina de grado. Les pido que consideren mi inclusión en la biblioteca del Mercado Armonía que proyectan fundar.
-¿Cómo es esto señor Bagre? ¿Ha leído usted nuestro mundo interno? – interrogó el preguntón.
-Estoy ya en vuestro interior, y desde allí veo todo.
-Someto el tema a una reflexión más general: ¿para que serviría una biblioteca en el Mercado Armonía?
-Anote que hoy no cobro: literatura sobre frutas, legumbres y carnes, y desde luego recetas sobre la forma de prepararlas. No pueden faltar Petrona Carrizo de Gandulfo y Orestes Di Lullo, ambos santiagueños.
-Sugiero también algo sobre la filosofía del bofe, las propiedades del ajo, y la hermenéutica de las flores. La empanada no puede faltar, tema teórico de múltiples manifestaciones empíricas.
No faltaron otras ideas, desde la lectura de una página en voz alta, hasta el círculo de socios y lectores. La reunión terminó, ya pasadas las 15, con las palabras de uno de los presentes, ahora no se quien:
-Delo por aprobado. Avancemos hacia una biblioteca en el Mercado.
A Jorge, Alberto, Carlos y Horacio Demóstenes. Compartimos la mesa en el Mercado Armonía, en Santiago del Estero.


2 comentarios:
del bagre no he leído nada (pura tradición oral)... pero al dorado ya lo ha hecho filosofar Alfredo:
"-qué anda pensando el hombre, dice el dorado..."
Los tupinambis
perdón he olvidado el bellísimo verso dedicado a Alberto Alba.
...bicicleta chorreada de bagres...
No sé si habrá otro rio
J. R.
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