Nadie sabe bien quien es. Ante la incertidumbre metafísica desplegamos nuestra hipótesis: Yo. Satisfechos o insatisfechos con nuestra propia identidad, la damos por supuesta. Por eso, para comenzar esta reflexión partí de la primera frase que se me ocurrió: “Lo que llamamos ‘uno’ es una costumbre, que a veces es mejor olvidar por un tiempo”.
Aunque nos resulte imprescindible, nuestra ‘personalidad’ es una máscara. El maestro Luis Ponce me dijo que la palabra se deriva del latín ‘per sonare’, algo así como ‘para anunciar’. Cubre y revela lo que hay detrás, y da sentido a nuestro pequeño anuncio, que deseamos hacer creíble.
Pero no siempre nos creemos. En algunos momentos siento que mi rostro se ha convertido en máscara, y me discuto. Siento el conflicto del actor con su papel. Me he vuelto incompetente para convencerme de mi identificación con el rol.
Pero no siempre nos creemos. En algunos momentos siento que mi rostro se ha convertido en máscara, y me discuto. Siento el conflicto del actor con su papel. Me he vuelto incompetente para convencerme de mi identificación con el rol.
Por lo que escucho, este es un dilema común. El teatro social hace la crítica de su performance. Estamos en tránsito, reconociéndonos en el origen de las especies, en creciente humanización, y por eso mismo en discusión con los pre-supuestos.
Ese es el momento en que queremos cambiar de vida. Esta es una idea un tanto provocativa, que nos conduce a innumerables ejemplos que nos muestran su realización práctica a lo largo de la historia.
¿Pero cómo se hace? Supongo que todo comienza cuando nos sentimos habilitados para darnos el permiso de nacer. Porque en este relato se puede nacer muchas veces. No es un efecto literario, aunque valga la metáfora. Se trata de lograr un control mental del futuro. Esto lo aprendí en otra escena de aula: “Date permiso para nacer”, me dijo el Indio Panta. Por supuesto, yo no comprendí el sentido de esas palabras. Doce años después de esa conversación en un bar de San Salvador de Jujuy (él pagó la cuenta de su café y mis dos blenders), me parece que dijo algo así:
-“Nos sentimos renacer después que una fase de vida ha concluido, y está siendo inhumada. Los momentos anteriores se han transformado en humus, y los afectos o desafectos en nutrientes, que nos alimentan por lo que les falta o lo que les sobra”.
Entonces, podemos comenzar a trabajar el escenario de esta nueva vida. Ambiente, circunstancia, toponimia, infusiones. Se trata de una ilusión óptica, un mundo posible, una módica utopía de bolsillo. En ella podemos modificar muchas variables, excepto una: nos toca un papel central en la obra.
La conciencia del ser-en-sí-para-sí representa un grado elemental del egoísmo y precede a aquella otra conciencia que se ha sublimado en términos de solidaridad. La imagen de una nueva vida se despierta primero en el horizonte de la existencia personal, y luego se extiende a un conjunto de nosotros/as. Este cambio de nivel (del singular al plural) da sentido a cada re-nacimiento.
Pero todo esto es aburrida didáctica para los tips de moda. El problema se presenta cuando la tibia calma de la casa es desafiada por la intemperie. La incomodidad y el riesgo son las aventuras del que nace. En este momento, justo cuando me estoy por acostar, alguien golpea la puerta. ¿Acaso un parto a esta hora?


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