En el amanecer, los albatros aletean hasta sentirse exhaustos. Es en el trópico de los pájaros donde el día representa algo más que el mero día. Es el día recomenzado, sí, pero también su temperatura y su luz proyectadas hacia la fina percepción de la psiquis del albatros.
La naturaleza turba con sus señales repetidas, con sus aseveraciones que nadie se ocupa en contradecir, que nadie entiende aún perfectamente, ni siquiera el hombre, su enemigo ritual.
La vida del albatros no es simple, ni bella, ni mala. El albatros resiste el viento, el frío, el costo de los elementos, la turbia resaca, el fantaseo de las corrientes, la épica de las estaciones, la amenaza de la tormenta.
El albatros no fantasea, pero nadie lo sabe exactamente. Dicen que detesta el estertor de los peces que están a punto de morir, las señales de la mala fe, y también el hambre, el hambre que lo cerca por los cuatro costados.
El albatros tiene, sin embargo, una tarea. Tiene que vivir. Nadie se lo ha pedido, salvo su propia historia no escrita. Una historia de aciertos y errores, no más gris ni más encendida que los amaneceres vestidos de distintos colores que se suceden.
Salvo por la experiencia guardada, el albatros tiene que desechar el día de ayer, que él no nombra así sino por un epigrama de “antes”, pronunciado en la fonética de los albatros.
El albatros celebra la captura del bocado, y, en su tiempo, el cuerpo retenido por mandato del aroma de otro albatros que repica en las proximidades llamándolo con su sensitiva campanita.
Nada sabemos del sentido de la trascendencia para el albatros. Ellos, desde luego, poco nos dicen. La función del albatros sobre la tierra es un enigma despellejado por los dientes de ciertos peces negros, por los piojos, y por la razón de los que miran.
El albatros sólo vuela, o camina, o se queda quieto, y a veces mira con ojos extrañados las danzas rituales de los otros seres, las risotadas que nada significan para él, sobre la cubierta del barco donde acertó a descansar un rato.
Se cuenta que lo acechan unos rumores de plumas, unos quejidos provocativos que el escucha en el alto invierno de los riscos, en la fétida marea de los cuerpos podridos, en el hundido dibujo de las algas donde su cuerpo cae al fin, como una lágrima en el agua.
19 febrero, 2008
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2 comentarios:
Me gustó.
Me encantó! Llegue a tu blog siguiendo desde el blog de Juan Aragón, pues no sabía como acceder a este espacio.
Nada superfluo!! Muy profundo...
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