Presentación de “Universidad. Historia de su recuperación”, de Néstor René Ledesma.
Centro Cultural del Bicentenario - 20 de diciembre de 2011
Tengo la honrosa distinción de presentar, junto a los destacados colegas que me acompañan, este libro de Nestor René Ledesma, y al mismo tiempo, un breve perfil de su autor y su tiempo, como los he vivido y como los veo ahora. Este es, como su nombre lo indica, un libro de historia. En realidad, se narran dos historias, y vale la pena detenerse a analizarlas.
La primera historia
La primera historia es remota, pues transcurre a comienzos del siglo XVII cuando el Obispo Fernando de Trejo y Sanabria fundó el Colegio de Ciencias Morales Santa Catalina en esta ciudad, cabecera de la recién fundada Gobernación del Tucumán. Como sabemos, la institución fue trasladada a Córdoba unos años después, y se admite que a partir de ella nace la Universidad de Córdoba en 1613.
Este hecho es decisivo para la interpretación de Ledesma: la semilla de la universidad, en el actual territorio argentino, fue plantada en esta ciudad; aquí brotó y cuando estaba echando sus primeras hojas, en medio de enormes dificultades, el jardinero decidió trasladarla a otra ciudad, que junto a las demás de la Gobernación había sido fundada apenas unos años antes por militares, soldados, vecinos e indios santiagueños.
Esta circunstancia colocó a Santiago del Estero en una situación que la acompañaría toda su historia: tras la primacía y el logro, venía la pérdida, o el despojamiento, que se repitió en 1648 y 1699 cuando las sedes gubenamental y episcopal fueron trasladadas a Salta y Córdoba, respectivamente.
He ahí unos hechos históricos que, así planteados, proponen numerosos interrogantes: ¿cuáles son las dificultades y obstáculos que enfrentó la empresa del conocimiento en fecha tan temprana de nuestra historia? ¿Se trataba de la indiferencia y apatía un tanto burguesas de los vecinos, tantas veces señaladas en las crónicas posteriores? ¿De la falta de maestros? ¿Del clima, que muchos funcionarios coloniales sentían demasiado caluroso? ¿Del monte que rodeaba el caserío “que de ciudad sólo tiene el nombre”, como afirmó otro obispo? ¿Del salitre que comía las paredes de adobe?
Aunque no importa ahora resolver esa cuestión, parece evidente que la localización geográfica jugó en contra de esta primera empresa intelectual. Las tierras bajas y boscosas de Santiago del Estero fueron vistas como propicias para el establecimiento y la guerra contra los calchaquíes de las tierras altas, pero apenas conquistados sus valles y fundadas las nuevas ciudades, la región del Tucumán comenzó a desentenderse de ellas.
Pero, ¿es que acaso habían ‘entendido’ el acertijo del paisaje santiagueño, semiárido pero inundable, remoto y rústico, aunque rico en algarrobas y sementeras de maíz, cuya ganancia los vecinos aprendieron a traducir en leguas cuadradas y número de indios encomendados que ya debían pagar tributo, y más tarde en mulas y vacunos?
Sin estímulos institucionales de los funcionarios, trasladada la corte sacerdotal, y expulsados los jesuítas, la ‘muy noble y leal’, la orgullosa y aguerrida ciudad de los comienzos se aisló en su extensa jurisdicción mesopotámica, en los bosques suntuosos donde habría de florecer la gran cultura popular hispano-negro-indo-mestiza del siglo XVII que hoy conocemos por su música, su tejeduría, su idioma, y tantos otros símbolos centrales de nuestra identidad provinciana.
Pero algo faltaba. La recuperación de lo perdido. Y aún más: alcanzar lo que aún no habíamos logrado cabalmente, y es la conciencia de lo que somos, en tanto sociedad y ambiente fundidas en singularísima combinación.
Como se comprenderá, es una ambiciosa empresa ésta que alienta el pensamiento de los intelectuales santiagueños del siglo XIX y XX. Desde distintos ángulos y motivaciones, ella inspira a Alejandro Gancedo, Baltasar Olaechea y Alcorta, Maximio Victoria, Absalón y Ricardo Rojas, Antenor Álvarez, Juan y Andrés Figueroa, Bernardo Canal Feijóo, Orestes Di Lullo, Amalio Olmos Castro, Francisco René Santucho, Ricardo Dino Taralli, Raúl Dargoltz y Néstor René Ledesma, entre tantos otros que apostaron al conocimiento como fuente para la acción.
En estos nombres cifro la continuidad y el cambio generacionales. En ellos se resumen las palabras de Francisco de Aguirre acerca de la ‘tierra de promisión’ en el siglo XVI, las ordenanzas de Alfaro el XVII, el alegato de Claudio Medina y Montalvo el XVIII, la proclama de Juan Francisco Borges el XIX, las conclusiones del PINOA en el XX, y la declaración de la Asamblea Campesina Indígena, el jueves pasado, en esta misma plaza Libertad.
Cito estos textos –entre muchos otros- porque se refieren a los derechos de y en el territorio provincial, en cuanto ambiente, ecumene, sociedad y política. En esa línea está la obra de Néstor René Ledesma.
El autor, y su propia historia
La segunda historia describe el proyecto de la universidad, tal como lo concibió a lo largo de décadas, desde que con su título de Ingeniero Agrónomo regresó a Santiago del Estero, a comienzos de la década del 50, y cómo lo llevó a cabo a través de su labor incansable en el medio siglo que sigue, hasta el presente.
En 1972 Ledesma coordinaba la Comisión Pro Universidad Nacional de Santiago del Estero, que se reunía en las oficinas de la Secretaría de Educación a cargo del Prof. Edvino Paz. Una de esas reuniones fue con motivo de la visita del Dr. Alberto Taquini (h), por cuya labor en el Ministerio de Educación de la Nación nuestra provincia le guarda un reconocimiento que yo quisiera contribuir a recordar: él diseñó y promovió la ley que permitió la creación de universidades nacionales en Salta, Jujuy, Catamarca y Santiago del Estero, como parte de un plan de descentralización de la UBA.
El proyecto de Taquini encontró en Ledesma un aliado, porque había sido un precursor. En efecto, la necesidad de una universidad en la provincia había sido percibida por muchos otros. Recuperemos la historia de la Universidad Popular en los 40, de la Universidad Libre en 1956, del proyecto de la Universidad Nacional del Centro ese mismo año,
hasta la Universidad Católica en 1958, y ese mismo año la Facultad de Ingeniería Forestal, dependiendo de la UNC.
Ledesma iba más allá, en el sentido de aspirar a una universidad nacional con sede en Santiago, atenta a sus problemas, conocedora de su ambiente, que pudiera aprovechar sus recursos naturales y su población de modo sostenible, con inteligencia y justicia, capaz de formar profesionales que contribuyeran a su desarrollo, y vinculada a instituciones y saberes de todo el mundo.
Él cuenta algunas de las dificultades que encontró, y deja otras en la sombra que el lector y la lectora no tardarán en descubrir. Por un lado se enfrentó con el lobby forestal, por otro con las autoridades provinciales que muy a menudo lo representaron. Contra la devaluación de lo propio (o de sí mismo) en que a menudo incurre el santiagueño, según apuntó Canal Feijóo, Ledesma ofrecía una utopía de realización cultural de inspiración socrática (conocerse, para actuar), que además implicaba la economía y la administración racional de los recursos naturales. Su proyecto incluye la ciencia, la planificación, la organización, la motivación y la Doctrina Social de la Iglesia, en lo que ella aportó a la distinción entre los bienes comunes y los privados. Sea el conflicto y la conciliación entre esos términos en permanente tensión lo que explica el sentido de la política.
Apenas creada, contenida en un papel, la naciente universidad tuvo una autoridad militar. Ledesma no sólo trajo el decreto y el cheque que permitía su cumplimiento, sino que además había anticipado este momento. Recuperada la democracia, muchos funcionarios provinciales se interesaron en la universidad, y encontraron en ella un espacio de ocupación profesional, de influencia, y de poder. El sentido de la misión quedó postergado, o atenuado. De acuerdo a una práctica que ya he mencionado, la nueva institución le agradeció sus servicios a su eficiente promotor, y se desentendió de él. Con la transcripción de esa resolución concluye el libro.
Un legado en nuestras manos
Alguien dijo que las instituciones son la sombra de un hombre. Dado que conozco a Ledesma y a la universidad nacional desde sus orígenes, me atrevo a ver en su labor al arquitecto, al protector, y al maestro. Él es el rector espiritual de este movimiento de agitación que inició la consigna de La Brasa
, que ha cumplido amplia y generosamente. Ha dedicado a ello su increíble energía humana, atendiendo al mismo tiempo su responsabilidad de hijo, esposo, padre, abuelo, profesor y amigo.
Con serenidad y alegría ha trabajado tenazmente durante toda su vida. En este y otros libros que tengo la suerte de conocer desde hace unos años, Ledesma nos deja un gran legado que yo no me quiero privar de recibir, y de resumir.
Su argumento reúne la ciencia y la teología en torno a Santiago del Estero, su territorio, su economía y su gente. Como Arquímedes, él concibió a la universidad como palanca para cambiar unos grados la dirección rutinaria de nuestros asuntos.
Como otros que mencioné, habló a una sociedad que seguía desentendida de Santiago del Estero. Su prédica se mide en décadas, centenares de artículos e informes, miles de clases, y muchas más conversaciones en que transmitió los grandes aforismos que reflejan su pensamiento. Sus indudables logros serán valorados por otros. Yo pienso que estamos avanzando hacia una comprensión de su palabra, y eso nos alerta en la continuidad y renovación de su obra, que necesita estudio, examen, crítica y emulación.
Las palabras de Ledesma me han guiado siempre. Me ayudaron a recuperar el orgullo autonómico santiagueño. A comprender el bosque, el clima y el ecosistema. A ordenar la intervención en el territorio, en vistas a la seguridad humana y la preservación de los recursos. A demandar políticas adecuadas y a formar quienes puedan gestionarlas. A acompañar los movimientos por los derechos humanos y ambientales. A enseñar siempre, que es la manera más eficaz de combatir la ignorancia interesada del ‘día a día’ con la conciencia previsora de un mañana que ya está llegando.
Es muy grande la responsabilidad de quienes comprendimos su mensaje, y no es exagerado decir que hay un Santiago antes de Ledesma, y otro después. Después de Ledesma nos hicimos concientes de la desertización, de la degradación ambiental y de la responsabilidad que tenemos los ciudadanos, las organizaciones sociales, la universidad y el Estado para cuidar el territorio, sus recursos y su población en riesgo. Sabemos que se trata de problemas que aún no han sido ‘entendidos’, y por tanto no se logra aún resolver con acierto, como lo vemos a diario, y cada vez con más intensidad en los últimos años.
El pensamiento de Ledesma es activo y transformador, y nos compromete a actuar en consecuencia. Nos demanda previsión y sensatez para evitar que, como en otras ocasiones dolorosas que están demasiado próximas, Santiago padezca de nuevo el despojamiento de su paisaje
–que es su país- y sus hombres y mujeres el éxodo.
Por eso es oportuno en esta presentación rescatar el sentido de este libro, interpretación histórica, archivo documental, testimonio, ideario, pero también programa y lineamiento. En una rápida síntesis, el libro presenta la metáfora del diálogo entre dos sujetos históricos: la universidad
, y el bosque
. Les propone conocerse, respetarse y aprovecharse mutuamente. Nos cabe a nosotros, lectores y lectoras, estudiantes, investigadores, trabajadores del Estado, productores, comunicadores y periodistas, y todos aquellos que nos beneficiamos con la sombra de la universidad y la sombra del bosque, restablecer ese diálogo y rescatarlo como la tangente para que sociedad y ambiente puedan volver a entenderse.
Ya lo estamos padeciendo. Según la Secretaría de Medio Ambiente de la Nación entre los años 2002 y 2006, se deforestaron 1.108.669 has. de bosques nativos, o sea, 280.000 has. por año. Santiago del Estero, Salta, Formosa y Chaco son las provincias más afectadas.