03 noviembre, 2009

Confidencia

Dos días antes, una amiga me preguntó dónde, a qué hora, y por qué me casaba. No pude sino responder en parte: las 19 horas del 24 de octubre, en Maco Hondo. En cuanto al porqué, me propongo decirlo en estas cuartillas, a mí mismo, para enterarme. Si se trata de razones, pues las hallaré, pero no estoy seguro de que el casamiento sea un hecho enteramente racional.

El amor tampoco es racional, y en este caso tiene que ver con esta decisión que compartimos entre tres: nosotros, ella, y yo. Decidimos dar un paso clásico, firmando el libro de la Ley, y presentando nuestro acuerdo ante la familia y la comunidad de amigos/as, que constituyen una Asamblea del Pueblo.

Hace ocho años reconocí el rostro de Cecilia Canevari, y me senté a su mesa. Desde entonces estoy allí, ante una Madame Balzac imaginaria que me franquearía el camino de su corazón si lograba conmoverla con mis endechas y relatos. Soy desde entonces escudero, acólito, discípulo, escribiente nocturno de uno u otro libro que mañana acercaré a sus manos.

Sus manos no fueron lo primero que vi, pero sí la más precisa cifra de su modo. Arrojaban las piedras del I Ching y desplegaban un aura iridiscente que se llama caricia, destreza, hábiles manos de mujer que hacían rápido y bien tareas que yo cumplo torpemente, o que no hago en absoluto.

Digamos ya que éramos opuestos y complementarios en materia de género, yin y yan, ella la libertad (5), yo la armonía (6), la luminosa y el oscuro. Una generación nos separa. Y sin embargo, tan parecidos: nuestras familias paternas vienen de Sampierdarena; los dos nacimos bajo la flecha de Sagitario, ambos trabajamos en la universidad.

No es necesario dar detalles acerca del misterio del amor incesante. Pero quizá sea el momento de volver a leer Tú y Yo, de Martin Buber, y hasta de volver a escribirlo. Sí, una novela acerca de mi vida reciente en tanto enamorado podría justificarla por completo, y acaso permitirme bailar la danza de los fantasmas que tientan todos los días la sensibilidad del poeta, que no es sino un actor que se deja sugestionar por la fuerza de los argumentos.

Ahora voy a contarte la verdad de las cosas. Después de muchas laboriosas empresas en que había tejido mi propia cota de malla para dar batalla bajo la metralla (oh, qué irritante consonancia, pero lanzada está la metáfora) me vi caer, como el Vizconde Demadiado (Ítalo Calvino) partido en dos mi cuerpo por tan certera bala que podría haberla disparado el Barón de Mündchausen. Una parte de mí, que era la buena, dirigiose al monasterio más próximo y solicitó tomar los hábitos, que le dieron (me dieron) de inmediato, visto el poco lienzo que bastaba para cubrir mis desnudeces.

Desde entonces se me escucha cantar unos madrigales lóbregos que hablan del nuevo tiempo y la necesidad de resistir a pie y bola firme –basta uno de cada para representar la especie- las provocaciones de los macarras de la moral, y de tanta ave negra que se alimenta de la carroña. Durante la vida de esa parte de mí en el monasterio ejercí sucesivamente los oficios de mendigo, cosechero y escribiente, tareas que requieren sólo una mano.

Al cabo fui promovido a bibliotecario, asombrándose muchos de mi destreza para pasar las hojas de los infolios con el dedo, fuesen de mano o pie. Desarrollé entonces un notable equilibrio entre la lectura, la traducción, el copismo y el plagio, y me adiestré en el arte de la iluminación, aunque mi único ojo dejó de ver los verdes y el dorado, debiendo resignar colores tan nobles que antes había conocido y admirado. Descollé, según me dijeron, en el tratamiento de los grises. Ha quedado guardada, entiendo, la serie de libros que traduje, copié y hasta firmé, sintiendo que Maiacovski o Cendrars habían contagiado mi pluma. Mucho pequé, lo sé, y los días calmos de la biblioteca permiten mitigar el desconsuelo de mi conclusión: el editor tiene la culpa.

Entretanto, sin que esa parte de mi lo supiese, la otra también se las había arreglado para sobrevivir. Medio saltando, medio reptando, acciones que así descriptas convienen a una mitad, llegó a las caballerizas de una estancia, y apenas pudo articular palabra, en su media lengua, pidió hablar con el mayordomo, que le concedió el permiso para residir en un cobertizo de chapa, dotado de fogón y frigobar, hasta que se recuperase de las notables heridas que había sufrido en la guerra.

Rápido cauteriza el ánimo del que ha olvidado. Y esta parte de mi no había conservado más que algunos fragmentos del bulbo encéfalo raquídeo y la mayor parte del hemisferio derecho. No lo asistían la razón, ni la memoria, sino sólo el sentimiento. Esa parte de mí, y hasta yo mismo, según creo ahora, demostramos nuestra habilidad para construir instrumentos sonoros de paja, caña, barro, hueso, o piedra. No inventamos la guitarra porque no tuvimos tiempo, pero ya habíamos logrado quenas y ocarinas de elegante factura, que nos hubiese alabado don Emilio Wagner.

De tanto escuchar milongas y cielitos en las voces soterradas de los paisanos –que en calidad de peones se desplazaban por el tablero de la estancia- me sentí inspirado una tarde y escribí mis primeros versos.

No sabrás nunca quien soy
porque nunca me has mirado.
Cuando vos vienes yo voy
pero estoy siempre a tu lado.

Confieso que me llenó de emoción imaginar que en esta nueva media vida que comenzaba podría dedicarme a la poesía, y quizá enamorar a una mujer. Cometí el error de decírselo a algunos amigos, y se burlaron: “Cómo vas a conquistar a X, si te faltan cincuenta para el peso?”. Me observé unos segundos en el espejo que me ofrecieron, y entendí. Agradecí sus comentarios y me retiré, algo perturbado. Desde ese día decidí presentarme siempre de perfil.

Alcancé cierto éxito en los juegos florales de algunas ciudades pampeanas, y mi opúsculo “La mitad suficiente” fue editado varias veces con mi complaciente aprobación. Mientras tanto, preparaba una novelita titulada “A una mujer completa”, que sería seguida por el ensayo filosófico “De las partes y el todo, o la consumación del amor mediante nuestras pocas partes”. Si lograba publicarlas pronto, me haría acreedor de una pensión que el Estado dispensaba a los escritores de mi provincia que hubieran publicado tres obras.

Sin embargo, debo confesarlo, me sentía incompleto, pero no por mi mitad faltante, a cuya ausencia me había acostumbrado, sino porque deseaba ser como el hornero: tener rancho, una pareja, y acaso un ventilador. No olvidemos que era un hombre simple, poco cerebral, y decidor, ya que dentro de mis limitaciones, manejaba los hilos del discurso amoroso. Así que un día de septiembre le pedí una entrevista a X, y me declaré, así como lo escuchas. Estábamos en el bar de una estación de servicio. Yo muy formal y bien vestido mi medio cuerpo, siempre de perfil, le dije algo así:

-Te hablo a Vos, motivo del son quejoso del ausente que sopló mi canto día tras día desde aquel otro día en que por primera vez te vi. Te hablo a Vos, pájara celeste que vi volar entre algarrobos con mi único ojo.

Así seguí, presumo, un largo rato, porque a veces las frases me van saliendo como ovejas del corral. Finalmente, le propuse matrimonio en los términos del registro civil. X, mujer sensitiva, cauta, y completa, prefirió un tiempo para considerarlo, gesto prudente que me tranquilizó, ya que mi propia osadía me asustaba.

Así que fue que nos mantuvimos en un trance hipnótico de suspenso que duró unos cuarenta y siete meses, cumplidos los cuales llegó a mi casa del Ángel de las Anunciaciones, y me dijo:

-Tus deseos han sido escuchados. X ha reconsiderado el caso y se apresta a darte una respuesta.

Le agradecí su visita, ofreciéndole una copita de grapa que él rechazó con cortesía, diciéndome que no bebía cuando estaba de servicio.

Se apresuraban los acontecimientos. El siguiente texto describe lo que vivió esa noche esta mitad de mí.

31 octubre, 2009

Sabiendo que vendrías

Sabiendo que vendrías
me preparé para esperarte.
Practiqué el ascetismo toda una larga noche.
Resistí la tentación de olvidarte, que me perdería.
Resistí la tentación de compararte: era una prueba demasiado fácil para vos.
No fumé, no bebí. Me disfracé de otro.
Amaneció sobre mi cuerpo sentado, extático,
el ojo de la mente mirando fijo el punto que te representaba.
Así, en alta contemplación
logré lo que no había conocido nunca
una mujer completa.

19 septiembre, 2009

Pequeño canto americano

Desde l´América tozuda
escribo sin contentamiento
unas estrofas que lamento
porque dan cuenta de la dura
fuerza de mi propia amargura
y d´este mío sentimiento,
con su lacónico embeleso
que yo celebro. Denme un beso
por qué no el trópico mañana
y hoy el invierno santiagueño.

Porque en la mágica montaña
que tiene un árbol en la altura
la tierra agria es dulzura,
quieta y fantástica en espera
que yo le beba la ternura
húmeda y tibia en el aliento
que brota en letra entrecortada
y gime sola por mi almohada.
Ay, cerco azul de la retama.
Ay, Aconcagua manifiesto.

En verdad es q´estoy en celo,
sin estridencias lo confieso
pero me siento libre y preso
de los sueños de algún abuelo
que habré tenido en este cielo
con su niñez de pan y hueso
su voz temblar llena de humo
de acento cardinal, presumo.
La voz querida en mi concierto.
El resplandor. La madrugada.

Yo, que no quise darme cuenta
aquí estoy con mi pie desnudo
en las historias de la negra
fiesta que al cabo no fue fiesta
sino el acecho largo y mudo
de unos sumados desamparos
y unos perdidos entreveros.
Eso aprendí dando la vuelta
de las fronteras de este mundo
hasta los bordes de mi mesa.

Pero si no es, lo que habrá sido
la herida abierta de Ancaján
la luna en Toetihuacán
y aquellos cielos doloridos
por el inca que fue partido
en cuatro partes, como el pan.
Ese temblor es un secreto
que al corazón lo deja prieto
sin una lágrima siquiera.
Ya no hay memoria de esa pena.

En mi patio canta el coyuyo
su melodía de arrabal
sometido como el quetzal
a dar a otro lo que es suyo
desde las plumas al murmullo
de ese cantor del salitral
que pone al verso de testigo
pues alguien enterró su ombligo.
Así, pregunto, en la mañana:
¿cuál es el fondo de mi cara?


2001. Adrián Navelino lo llevó en su viaje hasta México.

28 agosto, 2009

Ricardo Dino Taralli

Recordando a un maestro

Bienvenido el momento de escribir algo sobre este auténtico hombre de la cultura que fue Ricardo Dino Taralli, un ejemplo que tengo en cuenta muy a menudo. Recordaré algunas de las actividades y empresas que impulsó con ejemplar tenacidad. Entre sus roles públicos sobresalen el profesor de literatura, el investigador, y el editor. Como profesor, este rosarino venido a La Banda hacia 1968 ha dejado una huella importante en varias generaciones que pasaron por sus aulas.
En una provincia que en las décadas precedentes había visto partir a centenares de miles de santiagueños, que alguien eligiera Santiago para vivir puede sorprender. Pero tras la emigración venía la inmigración. En Taralli vemos al hombre que se auto-trasplanta a otra ciudad, a otra provincia, por qué no a otro país, tan grande es el cambio que se muestra desde que el tren parte de Rosario, y atraviesa las pampas graníferas poblada por ítalo-argentinos, hasta sumergirse lentamente en el paisaje del Chaco. Al terminar su viaje, y descender en La Banda, Taralli creyó que era una ciudad más, troquelada por el ferrocarril y la inmigración. Al poco tiempo, descubrió que esta era una visión limitada. La Banda era también la puerta de entrada al País de la Selva.
Pero además, era un campo de investigación y descubrimiento, propicia para su vocación de fichaje. Taralli fue nuestro Linneo literario, y una de sus principales contribuciones es el perfil biográfico y literario de los autores santiagueños, que alimentó con referencias precisas durante toda su vida.
Taralli descubrió la obra de María Adela Agudo, y en su nombre fundó una asociación. Imagino el eco profundo que despertó esta autora en su espíritu sensible, que de allí en más dirigió su tarea a la exhumación del corpus literario de Santiago del Estero, como lo había hecho Emilio Wagner mediante la arqueología. Su Antología de la literatura santiagueña (1988) es un ejemplo de este intento, que fue propiciatorio para la obra de José Andrés Rivas, que lo sucedería con acierto.
Animoso compañero, como lo definió con justeza Luis Alén Lascano, Taralli supo trabajar en cooperación y en amistad, formando grupos como el Centro Bandeño de Investigación y Letras (CEBIL), junto al maestro Domingo Bravo. A su iniciativa y capacidad de organización se sumaron Alfonso Nassif, que medió en la progresiva inserción del grupo de La Banda en el escenario literario de la Capital, que fue la siguiente conquista de Taralli.
Por entonces, la actividad cultural estaba tan menguada como la pirámide demográfica: tras la partida de Canal Feijóo a Buenos Aires en 1950, La Brasa se había ido cubriendo de ceniza, mientras florecía el grupo Dimensión, liderado por Francisco René Santucho. Pero él también dejó Santiago, empujado por la presión militar, y ya no regresó.
El campo cultural estaba huérfano de referentes, y Taralli ocupó ese lugar. Ya acompañado por Carlos Artayer y Felipe Rojas, su actividad se desplegó en muy distintos escenarios, entre ellos la Sociedad Argentina de Escritores, que lo tuvo como presidente muchos años.
Es ya el momento de destacar su empresa más ambiciosa: hacer una revista cultural santiagueña cuya edición sustentaría el Estado. Logró que su proyecto fuera aceptado en la Municipalidad de Santiago del Estero. Entre 1970 y 1995 se publicaron 32 números de esta revista sencilla que mantuvo sus páginas abiertas para todos los que querían escribir. Cuando con Marta Terrera preparamos la Antología de Cuadernos de Cultura 1970-1995 (2004) valoré su trabajo silencioso, y recordé una vez que caminamos juntos por la Avenida Alvear: “¿Qué estás escribiendo? Quiero leerlo, pasame algo”. Con esa llave maestra nutrió la revista.
Para concluir este esbozo de retrato -que quiere captar su expresión bondadosa, su mirada clara, su transpiración, su paciencia- quiero destacar su tranquila vida de familia, junto a Mary Hoyos, su compañera de toda la vida. No sé cuánto le debemos por habernos pasado tantas claves. Con sencillez trabajó sin parar, como dijo Arlt que había que hacer. Se me escapa de los labios “Muchas gracias, Ricardo. Ya le llevaré un escrito”.

27 agosto, 2009

Yo y yo

Vengo de escalar las frutas

de navegar sobre los troncos

de hundir la cabeza en cuanta espiga vi.

En silencio, casi con humildad

yo regresante acabo de encontrarme

con yo que estaba aquí.

Cuánto mundo hemos visto.

Cuánta misma pared.

Cuánto hemos cambiado.

Y cuánto siempre igual.

Estuve ocupándome del tiempo y de la vida

y también del dinero y de la yerba.

Se que las cosas mueren.

Lo especial de las cosas es su modo mortal.

Para entender la unión hay que saber separación

y todo lo demás.

Curiosamente, tengo una paz.

Será que yo soy opuesto a yo

y entonces me equilibro entre las fases

desiguales del tiempo.

Miro la noche, escarbo la luna,

alzo los brazos

y por fin tengo algo de limpieza en las manos.


(1967)


Cormorán y Delfín

Mar - poesía - buenos aires - mundo, Año 4 - Viaje 15.

Buenos Aires, Junio 1968 p. 44

Director: Ariel Canzani D.